Mientras jugaba una partida de Catán

Hace algunos días mis amigos me invitaron a un local de juegos de mesa donde probé el  famoso tablero de Catán. Ya había escuchado de él, de la diversión garantizada, de su forma singular; pero jamás me había sentado a disfrutarlo.

Al principio me asusté cuando vi un montón de fichas con números y letras, por las piezas en forma de casitas y puentes de cuatro colores distintos, además de las muchas tarjetas; pero conforme avanzaba el juego, y me explicaban el método, todo se hacía cada vez más fácil: lo único que tenía que hacer era extraer recursos, representados con ilustraciones en cartas, para poder edificar poblados, ciudades y puentes. Estos consistían en madera proveniente de los árboles, ovejas, ladrillo, trigo y piedra; material cuya ilustración me recordó mucho al de la blancura de los mármoles carrara.

Al insinuar la comparativa, mis amigos no dejaron de reír y a partir de ese momento, cuando comerciábamos la piedra o mencionábamos el material, todos hacían alusión al nombre del mármol.

A pesar de las risas que nos producía el haberle puesto nombre a la piedra, la partida estuvo muy reñida. Gana el que llegue a diez puntos de victoria. Cada poblado te da un punto y cada ciudad te otorga dos, pero primero debes edificar puentes que conecten tus casas.

Para construir necesitas de los recursos y para obtenerlos debes cimentarte en lugares ricos de estos bienes. En caso de que te falte alguno, recurrirás al trueque; es cuando los problemas llegan porque tus “amigos” no desean intercambiar o su tarifa es muy alta.

Otro de los problemas es el ladrón. Cada vez que en el dado sale el siete, éste personaje se mueve y dónde lo coloques robará recursos a tus amigos o te impedirá obtener más.

Lo bueno es que existen cartas adicionales que tienen efectos especiales y cuando todos teníamos entre siete y ocho puntos de victoria, obtuve la carta de Monopolio, acción que me otorgó las piedras de todos mis compañeros.

Lógicamente, al pedir el material, lo hice con su nuevo apodo y mientras todos reían, pude construir dos ciudades que me otorgaron cuatro puntos de acción directos. Mis amigos dejaron de reír al instante, ¡la novata les había ganado en su juego!

Desde ese día, vamos todos los fines de semana a disfrutar de los juegos de mesa y de la comida barata que sirven en la cafetería, y aunque el apodo sigue en pie, no hemos jugado Catán desde que les gané.